martes, noviembre 20, 2007

Lamento fugaz.

Bien...
Tal vez sea mejor ver cómo el cuerpo se destruye, se construye, y salta a un vacío En el que la sangre se niega a salir sin ver antes la medida de su tiempo en las venas...
Si es que en los recovecos que aún quedan por descubrir
Se distingue un rayo luminoso, opaco o muerto
Es que quizá los atardeceres se muestran finos entre bocanadas de polvo y agua,
¿Para qué dirigir la mirada hacia algo que no existe?
¿Acaso el trastorno por el paso de los días ha dejado otra marca además de tu ausencia?

No está de más decir
Que todo en este momento se sacrifica por las manos desmentidas,
Descarnadas,
Dilatadas entre ráfagas de aliento y colapsos llameantes de lágrimas y obscenidades,
No,
No es preciso reencontrar las noches por las tinieblas que sólo abrazan los nebulosos sueños forjados entre la espuma hecha por la saliva que no ciñe en su ácido a los sepulcros,
Pero... ¿Qué pasará mañana si descubro que no hay nada más por descifrar y que todo, por lo que se ha luchado o dejado de luchar, deja en su lugar una brisa demasiado amarga y seca?
Mañana será tarde para iniciar
El conteo hacia la implosión,
Hacia la cordura,
Hacia los lamentos que entre días de sombras y nubes transparentes se han dejado de incrustrar En los más profundos brotes de la piel putrefacta pero no moribunda.

Sería una lástima ver para dónde se dirige el humo
Cuando es de mi boca que sale hacia un rumbo desconcertante... huyente.

Más allá de los ecos lúcidos, vívidos,
Mis murallas se notan cárnicas, mórbidas,
Sin embargo,
No espero más de mi propia voz
Sino llamar en mi propio silencio
Por la paz que se dejó de quebrar,
A dos suspiros de distancia y tiempo atrás,
Cuando levanté la cara
Y grité en silencio por las llamas de tus ojos
Al fulminarme en una mirada única.

Es tiempo de volver y mirar
El sitio que se quedó desierto,
Desierto en mi pecho.